
Escrito por Luis Roca Jusmet
El término
“biopolítica” está de moda y se ha convertido en un tópico. Cuando esto sucede
los términos pierden operatividad. Pero la aparición del coronavirus, la
calificación mundial de pandemia y las
políticas puesta en marcha por los gobiernos vuelven a dar actualidad a este
término.
Repasemos un momento
su significado. Lo introduce Michel Foucault en 1975-6 en su curso del Collège
de France “Defender la sociedad” y en el primer volumen (“La voluntad de
saber”) de su “Historia de la sexualidad”. Pero donde realmente profundiza en
su significado es en los cursos de 1977-8 “Seguridad, territorio, población” y
el de 1978-9 “El nacimiento de la biopolítica”. Posteriormente lo trabajaran de
una forma más especulativa filósofos como Giorgio Agamben y Roberto Expósito y
de una forma más empírica el sociólogo Nikolas Rose.
La definición que da Foucault de biopolítica o
biopoder en la primera clase de su curso “Seguridad, territorio, población”:
“Conjunto de mecanismos por medio de los cuales aquello que, en la especie
humana, constituye sus rasgos biológicos fundamentales pasa a ser parte de una
estrategia política en la sociedad occidental. Estrategia política es
estrategia de poder porque el poder son procedimientos que establecen unas
determinadas relaciones.
Lo que plantea Foucault son tres tipos de poder político: el
poder soberano, que se basa en la ley arbitraria que inventa el soberano y
cuyos súbditos han de seguir en un determinado territorio. Se exige únicamente
obediencia y el soberano puede matar a quién no lo hace. El soberano “deja
vivir y hace morir”, por lo tanto, si la situación lo exige. Pero es el poder
pastoral, el de los sacerdotes, el que se ocupa de la vida de los súbditos. Es
lo que ocurre en la Europa medieval. En los siglos XV-XVI comienza a aparecer
un estado administrativo, aunque será en los siglos XVII y XVIII cuando
aparecerá lo que Foucault llama la gubernamentalidad, que es el campo
estratégico de relaciones de poder del Estado como administración de la vida de
los ciudadanos. El poder político lo que hace es interesarse por la vida de los
ciudadanos, pero como seres vivos. Nacimientos, muertes, longevidad, salud,
enfermedad, raza. Se introduce la economía política: gobernar como gobierno de
los hombres en cuanto seres vivos. Seres vivos, y esto es importante, que
circulan por las ciudades. El Estado y su gobierno surge de la confluencia del
dispositivo policial (que se ocupa de la seguridad interna), la
diplomacia-ejército que se ocupa de las relaciones con otros Estados, y el poder
pastoral, que entra a formar parte de las funciones del gobierno. En el siglo
XVIII entramos en lo que Foucault llama “la sociedad disciplinaria” y cuyo
modelo es el que describe en su libro “Vigilar y castigar”. Se trata de
disciplina los cuerpos para hacerlos productivos. “se les hace vivir, se les
deja morir”. Hay un conjunto de micropoderes que lo garantizan: la familia, la
escuela, el ejército, la prisión, el hospital… A la ley del poder soberano se
le añade la norma. No se trata de una ley que se impone para obedecer sino de
una norma que se impone para normalizar. Normalizar quiere decir ajustarse a lo
que es normal y excluir lo anormal. En sentido amplio podríamos llamarlo
biopolítica, pero Foucault se refiere a él como anatomopolítica: disciplinar
los cuerpos en su anatomía. A finales del siglo XVIII es cuando aparece lo que
en sentido más estricto llamamos “biopolítica”. Es una racionalidad
gubernamental que está ligada a la sociedad liberal. No se ocupa de los cuerpos
individuales sino del cuerpo orgánico de los que forman parte de la sociedad.
Surge la noción de “población”. Por
supuesto que el proceso es complejo y desigual y que las nuevas formas de poder
no sustituyen a las anteriores, sino que se superponen y adquieren la lógica
fundamental.
Es muy interesante
ver como Foucault analiza (sobre todo en el curso de “Seguridad, territorio,
población) el tema de las epidemias, ya que presenta tres ejemplos de
tratamiento de las epidemias que están en relación con las tres formas de
poder: soberano ( basado en la obediencia),
disciplinario y liberal ( basado en el dispositivo de seguridad).
Presenta como ejemplos el tratamiento de la lepra (poder soberano, época
medieval), el de la peste (disciplinario, inicios modernidad) y el de la viruela (liberal,
siglo XVIIII). El poder soberano lo que
hace frente al fenómeno de la lepra es excluir, aislándolos a los afectados: a
través de leyes que se imponen a costa de perder la vida si no se obedece la
ley. Respecto a la peste lo que hace el poder disciplinario es cuadricular
regiones a través de un sistema disciplinario sobre los cuerpos, de vigilancia
y castigo al que no siga la ley. En el caso de la viruela lo que hace el
dispositivo de seguridad de la sociedad liberal es elaborar estadísticas, hacer
clasificaciones, porcentajes, calcular riesgos y sobre todo prevenir la
enfermedad a través de la inoculación (algún tipo de vacuna). También hay, por
supuesto leyes y un sistema disciplinario que obliga a cumplirlas. Foucault
insiste mucho en que las medidas biopolíticas ( en sentido amplio las
disciplinarias o de seguridad) tienen mucho que ver con la vida urbana y la
circulación de los individuos por ella. Pero lo clave del dispositivo de
seguridad es que no trata con individuos sino con población. Las estimaciones
son siempre desde el conjunto.
Con la pandemia
actual nos encontramos con una situación totalmente nueva. Si hasta ahora, en
los países liberales los dispositivos de seguridad en el tema de las epidemias partían
del control social y la responsabilidad individual en estos momentos se
restablecen mecanismos disciplinarios claros, en muchas de estas sociedades
liberales. Para no diluir la cuestión hablaré del caso de España. El gobierno
combina los dispositivos de seguridad con las medidas disciplinarias y el poder
pastoral. El planteamiento básico es el del estudio, las estadísticas, los
cálculos de riesgos y, por supuesto, la búsqueda de una vacuna. Pero, de manera
insólita, se introducen medidas disciplinarias: se sanciona (según un margen
que permite una cierta arbitrareidad a la policía) a quién no cumple la ley,
que es una ley aplicada no a poblaciones sino a cada cuerpo individual que
circula por el espacio urbano. Esto no aumenta el control social, como se ha
dicho, sino las medidas disciplinarias de restricción de las libertades
individuales. Otra cosa es que, en países como China, si han aumentado de
manera importante las formas de control social (aparte de las disciplinarias,
pero no es una sociedad liberal, es otra historia). El aumento de las medidas disciplinarias hace
a la sociedad más autoritaria (y no solo la policial, también el vecinal).
Paralelamente el poder pastoral se manifiesta a través de los discursos de los
políticos, los médicos, los psicólogos).
No entro en la
crítica de estas medidas. Pero hay que plantear resistencias a que las medidas
disciplinarias vayan más lejos (en intensidad y en tiempo) de lo necesario; que
no se cree un poder parapolicial vecinal; que sigamos lúcidos y con criterio
para ir analizando lo que sucede; que nos dejemos que nos guíen
paternalistamente las conductas. Contra todo ello debemos estar alerta.
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